El Poema de Honduras

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  • Por: Rafael Heliodoro Valle

    A los grandes abuelos mayas que silenciaron el rostro del tiempo con amor sabiduría y paz.

    Desde la transparencia constante del recuerdo
    Veo tu rostro dulce y triste, tus montañas
    Con nieblas en la gloria, solar del mediodía
    Tus pinos con balsámicos rumores y fragancias
    Y en fondo los pueblos con luces en la noches…

    Te quiero por pequeña, por suave y sensitiva,
    Ásperamente dulce como la piña de oro,
    Que los vergeles surgen, con su miel concentrada
    Como si fuera síntesis del verano moreno,
    Flotando entre las frutas que los golosos pájaros
    –los más esplendorosos del mundo– picotean
    en las cuatro estaciones. ¡Oh melódica Honduras,
    tierra dulce y pequeña, tierra del rostro indio
    y del alma española; hija del almirante
    que iba ciego en el mar, como si te buscara,
    su olfato ¡Oh flor telúrica! ¡Oh, isla vagabunda
    del alto mar océano! Y se quedó mirándote,
    cuando tus islas pasaron encendiendo
    su mirada de errante poeta y te nombró
    al caer de rodillas para dar
    las gracias por haberse evadido de una larga tormenta
    frente a tu litoral en uno de esos días
    en que hasta las gaviotas se quedan suspendidas
    entre el agua y el cielo, buscando rumbos, a ciegas
    en la áspera locura del sol innumerable…
    ¡Oh tierra blanca y azul! Ya tu bandera
    trasunta lo más puro del día y de la noche,
    la prístina inocencia y el sueño más audaz
    la libertad magnifica y la pureza virgen
    del alma que se entrega al futuro perfecto,
    y olvidando los días nefastos, las cruentas
    pesadillas, los bárbaros holocaustos caníbales
    que migraron del África, acaso del Brasil
    con gritos ululantes y tambores de guerra,
    hasta que el europeo llegó en sus carabelas,
    desafiando las furias eléctricas, los vientos,
    contra los cocoteros, desmantelando velas, gritando: ¡Mas Allá!
    Sí, más allá, tal vez fue la voz, ¡Honduras!
    Síguela, óyela, suena al otro lado de los peñones donde
    Se detienen las aves marinas y las brújulas
    Navales enloquecen y las redes errantes del radar
    Cumplieron profecías. Ya los nuevos
    Oteadores del viento y el cielo presagian
    Para ti grandes días henchidos de la dicha posible
    Hay una estética en la historia
    que siempre ha precedido a los advenimientos
    de las auroras áureas de esplendor.
    El compás del barco-escuela capta
    las hondas más sutiles del hierro de Agalteca
    y el temblor de los nervios del Golfo de Fonseca,
    El golfo promisorio, en que sigue escondido
    El tesoro que pudo rescatar el pirata que llegó sobre el lomo
    Del pacífico, desde el sur de Pizarro.
    Aún se miran las huellas
    Del gran González Dávila en las aguas salobres,
    De ese mediterráneo que tiene muchas islas
    Que cantan encantadas como si fueran novias en una sinfonía
    En que aparecen garzas dibujando Poemas
    De blancura estatuaria y de silencio exacto.
    El golfo es un tesoro que guarda los sesteros
    Que buscan los que creen en la Atlántida, los buzos
    Que sueñan con galeones hundidos y con arcas
    Repleta de la plata primera de tus montes,
    Que en su fondo tallado de clepsidra escuchan
    Caer las silenciosas lágrimas de los mineros
    Que rescataron plata y recibieron cobre.
    ¡Oh muertos! Vuestros puños se alzaron sin remedio,
    Sin esperanza, disteis en lo oscuro del túnel
    La sangre y el sudor, sin que se identifiquen
    En la vieja moneda que decía:
    “¡El libre ofrece paz,
    pero el ciervo jamás!”
    ¡Jamás! Esta palabra impura no debes repetirla;
    No vuelvas al pasado, no mires tu ignorancia, que el futuro está en flor
    Y aun puedes cultivarlo. No la gastes, ahórrala,
    No para el odio estéril; no vuelvas al pasado.
    Que te puso en el mapa con horrendos colores,
    Y que manchó tu azul y tu blanco y tus pinos,
    Que son la primavera. La imagen del futuro te aguarda
    Como novio, a tu puerta, sonando tu guitarra
    Con el cuello adornado de jazmines insignes.
    Se siempre cual la flor más excelsa del patio
    De tu casa sencilla: el Jazmín es la pura
    Expresión de tu heráldica: de día está orgulloso
    De su blancura, dando su aroma penetrante,
    Su canto de poeta enamorado siempre de las formas sangradas,
    La niña que aparece en el balcón y escucha la serenata llena
    De músicas sublimes, de palabras que no pueden decirse,
    Y el sol sobre las altas madres selvas.

    Cae, dejando pétalos de cielo
    Sobre los sueños castos de las calandrias ebrias
    De canto, que han construido sus nidos en los viejos amates
    A la orilla del río que, en el verano, duerme;
    Y se sale del cauce en invierno y se enoja y se lleva los puentes
    De piedra que eran juego de niños en el vado;
    Los puentes del azteca, del indio
    que hizo ciudades de palabras que tienen
    un acento gracioso y aún resuenan en nuestro corazón encadenado
    a la música antigua: Siguatepeque pueblo de muchachas,
    Guaserique, nombre canoro, fresco, cargado de peces y de estrellas;
    y algunos nombres mayas que vienen caminando
    Desde muy más allá del día en que nacieron las estelas de Copán.
    Y desde el Día en que alzó
    Poderosa su antorcha, el DIOS del viento;
    Ulúa, Sula, Omoa, Danlí y Oropolí, resbalan lentamente
    En el oído como gotitas en la antigua
    Cueva en que están dormidas las edades
    Que vieron los primeros pinos, los primeros caobos,
    Los ceibos de raíces milenarias,
    Que caminan, caminan y caminan.
    Con su mensaje oculto hasta la tierra donde
    El señor de Esquipuilas ve llegar a los indios con sus
    Danzas y sus banderas desplegadas, el día del alborozo unánime
    En que los nietos de los nietos del azteca y el maya
    unen sus manos y corazones
    En la plegaria y en el llanto
    como el ámate de raíces hondas que mece
    Su larga y verde cabellera sobre las aguas de los ríos
    que bajan de los montes con fragmentos de ídolos
    y colores de orquídeas.
    ¡OH PATRIA, OH MADRE¡ adorna tu vestido
    de zaraza y tu humilde sonrisa más graciosa,
    como las madres que en sus pueblos bordan
    el complicado encaje para el traje
    que ha de llevar el niño en el bautizo
    cuando el canario dé su trino de oro
    al viento claro, en el albor del día,
    y la campana rota con su voz
    más recóndita y llena de dulzura llame a todos
    para que lleguen a la, fiesta en que
    compadres y comadres juraran
    quererse siempre, como los abuelos
    que no tuvieron odio y juntaron
    las manos, cerca de las luminarias
    bajo los robles llenos de “parásitas” ,
    de las orquídeas niñas que se asoman
    tímidamente a ver pasar las nubes
    desde los nidos verdes que , en el bosque,
    improvisan huyendo de las manos
    que buscan llamas en las flores
    altas; tus orquídeas manejan tus colores
    sencillamente, como los pintores
    impresionistas, y como tus pájaros
    carpinteros , que esconden sus ahorros
    para el invierno, entre los broncos troncos
    del roble en que encontraron su refugio
    las colmenas huidizas que robaron
    su miel a la guanábana, y al pino
    su madrigal mas fino entre la lluvia….
    ¡OH PATRIA¡ se siempre propicia
    a tus hijos, sonríeles y cuéntales
    tu ambición más humilde, no tu historia
    con sangre y lágrimas cobardes
    Dales valor para afrontar los días difíciles,
    y la familia toda está contenta
    y orgullosa de ti ¡OH Patria, Oh Madre!
    Tus valles son la luz en que se azula
    el agua llena de cristal canoro,
    El Zamorano y el valle de Sula,
    los de Sensenti, Quimistán y Yoro ,
    del Valle pingüe, el valle del solsticio
    de invierno y el feraz y frumenticio
    con el confín que no tiene horizonte,
    tierra de pan llevar sin beneficio,
    que solo tiene el trino del sinsonte.

    Y esos pueblos callados, íngrimos y remotos,
    allá en el hondo fondo, coronados de humo,
    y llenos de muchachas que, sin novio, suspiran,
    y tienen hojas tristes como las Dolorosas
    que en los templos oscuros, con el manto raído en la Semana Santa,
    Salen a hacer visitas a san Juan y le muestran
    puñales sobre el pecho y los ojos en blanco.
    Los pueblos aparecen con sus casitas, cuando
    del campanario vuelan las palomas de ángelus,
    esparciendo noticias del cielo: que la virgen
    ya tiene un nuevo manto tan azul como el cielo
    de Honduras en las tardes en que el rió, a lo lejos,
    es serpiente de plata que ondula
    al infinito. ¡OH pueblos que se llaman
    Cedros y san Antonio de oriente, Valle de Ángeles, Yorito
    Dulce Nombre, La Rosa! ¡ oh procesión
    de hombres con retintín de plata antigua
    que, a veces, en las noches con fantasmas, se escurre
    de las botijas donde el rico más tacaño sepultó sus ahorros!

    Bajo las noches claras, frescas, los ocotales
    con luminarias, miran pasar a los arrieros
    que van de pueblo en pueblo ofreciendo las cosas
    que codician las niñas paliduchas que en la noche dormida
    oyen gritar al Duende, el personaje
    que arrea los ganados hacia la Costa donde
    los bananos producen oro a montones como en los días
    en que se hablaba de unir a los mares con la locomotora.
    Fue una gran ilusión, como las otras que has tenido, porque hay una riqueza
    en el sueño, una mina inexhausta, fantasmas entre las flores.

    De pronto, por tu cielo pasan las guacamayas pregonando el crepúsculo
    sus colores fantásticos; te dan las albricias
    en la tarde, en el alba, los pájaros insomnes,
    porque eres una basta pajarera con luz; no hay en el mundo
    según Twomey, tan bellos y variados,
    y hablan muchos idiomas, desde el maya que hablaban
    los poetas del Popol vuj y el lenca y el chortí, pájaros que aún escuchan
    la voz exaltadora del Dios del viento, el profeta
    que seguirá en su plinto, hasta que el aire muera de amor en las montañas
    donde el quetzal, la joya con alas, tiene un nido
    no de piedras preciosas si no de hierbas débiles
    y el canario de pecho de oro, que al cantar
    remeda el agua íntima que taladra las piedra y penetra en el alma
    de los dioses caídos, luego pasan innumerables niños con alas:
    Son los ángeles de la mañana aérea hondureña, los ángeles
    que llevan nombres borbotantes: la calandria, el turpial, zorzales, clarineros,
    ese coro sinfónico que abandona las nubes para ofrecer conciertos
    a los pueblos de Honduras, pueblos primaverales en la lluvia
    perenne, pueblos de pastorela, cada uno con huertos con olor de guayabas
    y fragancias en flor:
    pueblos en donde labra su panal el Amor,
    y las abejas guardan su miel sin darse prisa
    y al pie de la montaña hay suavidad de brisa;
    loor a la hermosura de tus cañaverales,
    de espadas que se hunden en las noches impuras,
    ¡ay de las pobres victimas de sus garras letales,
    de los males que abrevan en esos manantiales
    el veneno diabólico de las cañas maduras…!

    En la plaza aparece en noches de retreta
    la banda filarmónica que desentierra valsees
    con telaraña y en la noche, en el “velorio” se cuentan las historias
    más alegres al compás de la cena suculenta
    y el bárbaro licor que de la caña,
    ¡Ay! Es un niño muerto,
    un ángel, angelito,
    que se fugó del mundo, pues no llego el doctor a tiempo;
    las comadres comentan a su modo
    el incidente, y la abuela
    corta yerbas fragantes que derraman en el piso
    santiguándose para conjugar maleficios; al ángel lo sepultan
    en una loma, mientras suenan guitarras y estallan los cohetes,
    la lluvia está cayendo con sus lágrimas lentas,
    Cae sobre los patios con toronjas maduras,
    cae… sigue cayendo… goteando día y noche;
    De pronto suena el cántico que estalla en alarido:
    “¿En dónde está Rosas?
    –Está en el jardín
    cortando la rosa,
    sembrando el Jazmín”.

    Entre Jazmín y rosa aparece un machete,
    inesperadamente en el velorio.
    El machete es la paz al revés; el cuchillo se esconde
    en el momento oportuno; hay fiestas de moros y cristianos,
    en que los indios danzan
    por el señor Santiago; y hay algunas peleas
    sin sangre, en que los moros
    huyen, pero el Apóstol se queda con sus ganas
    de batirse, los indios
    le escondieron machetes y cuchillos, la espada se ha quedado
    en el museo familiar junto a las ropas
    con fino aroma de raíz de violetas en los baúles
    que guardan abolidos encantos y los santos
    de bulto que hace tiempo labraron los santeros de Guatemala,
    solos están en un rincón de la sala con su aire sentimental,
    el mismo que tiene San Antonio,
    el hermoso patrón de las muchachas casaderas.
    (Antonio es castigado de veras
    Si las cosas no aparecen).

    La Lluvia esta cayendo trémulamente sobre los recuerdos azules
    de la abuela que tiene nostalgia inconsolable al abrir el baúl
    con espejos, memorias y prendas del ayer florecido,
    las sombras de los besos que un día,
    un milagroso día, cuando menos pensaba
    al salir de la misa vio al galán, que en la pascua,
    la vio pasar crujiente, sonriente, toda llena
    de gracia en el Amor, y al otro día
    juntaron con las manos los corazones, hubo
    un alborozo unánime en las campanas; era
    que el Padre Reyes bendecía a los novios
    debajo de la cúpula dorada por el tiempo.
    De pronto hemos llegado
    a la ciudad de Reyes y de Soto y de Rosa,
    la ciudad española que aún tiene callejones
    y ventanas discretas por donde las palomas intrusas
    bajan desde los cerros,
    convocados por el paisaje que San Miguel vigila y limpia,
    con su espada de fuego,
    que bien cabe en la rosa más fina que,
    en el muro dibuja su silencio encendido,
    y en el aire se queda por siempre proclamando lo eterno en lo efímero.
    La rosa es tu palabra, Tegucigalpa mía,
    ciudad entre nubes, ara de amores,
    ciudad de piedra y flores,
    de piedras coloridas –más bien piedras preciosas–,
    casa de primavera y casa de las rosas,
    cada vez que refulgen en mi íntimo sagrario,.
    ahí donde el clavel erige su purpúrea
    belleza con roció, y ofrece la diadema
    de su aroma pretérito, su aroma que se asoma
    en los versos de Reyes, el civilizador,
    más grande que el guerrero que frenó su caballo
    en la Plaza Mayor,
    y al solo verle exclama la muchedumbre: “¡Oh Padre,
    cuídanos con tu espada, que fue la espada insigne de la ley!”
    En tu rosas de bronce Morazán ha encendido
    su milagro perpetuo; pero el mármol de Reyes
    es blanco, blanco puro, tan puro
    como el blanco de la bandera
    en el tope del viento que baja de las nubes que viajan rumbo al mar,
    o que riza las aguas del Yojoa, el gran ojo demetérico
    de cristal, que ha caído sobre el paisaje ciego de la luz que ha palpado
    los robles centenarios, y luego se detiene
    muy más allá, en el fondo de las casitas blancas,
    blanca como la sombra de los días sin mancha,
    no los días del pasado que fueron negros,
    cuando en las cavernas,
    rugían los coyotes que, con vos humana,
    eran la imagen viva de los dueños de las riquezas pecuarias
    y la hermosa alegría frutal y del dormido
    silencio de los campos que la sangre
    empapo inútilmente, sin dar vado al progreso.
    No mires al pasado,
    sumérgelo en la sombra del olvido;
    tus estatuas de sal se han derretido,
    y tus hombres feroces, oxidado
    “Cortacabezas”, el bandido fiero,
    murió con el “lucero chilatero”
    sobre Olancho, y también el “Cinchonero”
    ya flota río abajo, en ese río
    que va al mar del oprobio, y entre tanto
    bandido Surgió un ángel con su canto:
    ¡Reyes, el de la estatua de rocío!

    Invocación a los Abuelos

    ¡Oh abuelos mayas! fuisteis los primeros
    hombres de cielo y de maíz,
    sois nuestra raíz.

    Visteis nacer innúmeros luceros
    desde las torres. Soy de vuestro barro
    y vuestro cielo. Sobre las espaldas
    condujiste las piedras con decoro,
    y vuestras milpas fueron esmeraldas
    entreveradas de capullos de oro.

    Vuestra sangre nos dio la enorme gente
    en que los hombres eran cristalinos:
    un pueblo delicado y transparente
    que supo amar la paz, y con ternura
    cinceló, en el basalto, su cultura
    sentándose a la sombra de los pinos.
    Dadnos valor y amor, dadnos templanza,
    dadnos tan solo el pensamiento puro
    para encontrar de nuevo la esperanza
    y poseer la clave del futuro.

    ¡Oh, padres, la esperanza no está inerte,
    ni toda la esperanza está perdida;
    no ha de volver la imagen de la Muerte
    a empañar los espejos de la vida.

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