Exaltación de Honduras

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  • Por: Céleo Murillo Soto

    Estoy aquí pensando bajo la luz del día,
    en la maravillosa sensación de la vida.
    En la voz que se apaga bajo el claror nocturno,
    en el llano que nace de la entraña sublime,
    en los ríos de angustia que surgen y estremecen
    Hondas y milenarias raíces sumergida
    estoy aquí pensando, heridos por las fuerzas
    angustiosas del mundo. Siento desde la sombra
    venir extrañas voces: las de los viejos bárbaros
    que sembraron la vida como se siembra el grano;
    las de los que siguieron amaneciendo en ansias
    prodigiosas y altivas; las de los que amasaron
    con sangre y con angustias hondas idealidades;
    las de los niños locos que pusieron su mano
    temblando en cada herida, las de las fugitivas
    tocadas por la gracia maternal de las viñas,
    en cuyos brazos tristes, armoniosos y amados
    temblara como un rayo la sonrisa del niño.

    Mas de pensar en estas cosas que se han nutrido,
    que han nacido a la vida llenas de fuerzas vanas,
    de ansiedades y sueños, de voces ateridas,
    de anhelos imposibles, de ambiciones insanas,
    hay que pensar en ti, ¡OH tierra providente!
    ¡Oh fecunda! ¡Oh lírica! Y entrañable quimera
    que posees el don de transformar la savia,
    de aniquilar al bruto, de fecundar el grano,
    de modelar el busto con que se exalta un ídolo,
    de aprisionar las lumbres de la sacra belleza!

    Así, cuando nacimos a la luz de aquel día,
    cuando vimos las gracias de la loca alquería
    poblarse de nenúfares, cuando crecimos solos
    al viento de la pampa, al sol de la llanura
    y amasamos con ansias sueños entumecidos,
    sentimos que del fondo de tus viejos abismos,
    de las raíces prodigas de encinas centenarias,
    de tus frescas corrientes de susurrantes aguas,
    nacía el don de iluminarlo todo, de liberarlo todo,
    para con el aliento de los verdes
    follajes, tejer las sementeras, modelar el paisaje,
    hacer la luz que surge temblando del cocuyo.

    Nutricia y providente, sensual y acariciante
    eres ¡Oh tierra mía!, la ansiedad y la pena:
    mano que llena cántaros a la orilla del río,
    amor que estremecido une en fuego los seres,
    pasión que arrebata, inane e inhumana,
    corta con rabia el sexo, cercena las cabezas
    y prendida al relámpago de las fuerzas eternas
    embriaga de noblezas las caricias primeras
    y se viste de armiños y borda encajes suaves
    para que duerman vagos de sonrisas los niños.

    Por eso a la distancia, temblando de impaciencia
    miro que surges ávida a la luz de este día.
    Que te llenas de gérmenes, que te nutres de anhelos,
    que tienes el futuro dormido entre las manos,
    que como en la leyenda eres reminiscente
    y al par compendias todas las fuerzas del presente.

    Porque hay en ti savia que fecunda los frutos,
    el claror de la tarde que incendia de luceros
    la amplitud de la pampa, la montaña futura,
    el oro de los trigos maduros del verano,
    la canción de las tórtolas, de la audaz oropéndola,
    el trino que se cuelga vibrando del ramaje;
    y de la gracia halada conque vuelan las garzas
    mutiladas, el tinte fugitivo del ocaso,
    la pregunta infinita que salmodia en llamas
    la pradera, la voz que irradia, la emoción que espera
    y el vuelo de los pájaros nupciales.

    No sé si la palabra tiene el don preciso
    para decir la gracias que escondes, tierra
    de juventud y paraíso. No sé si la emoción
    pueda encerrarte y en voces matinales
    decir que estás de fiesta, que cantan tus raudales,
    que extrañas voces pueblan de alientos tus latidos,
    que de la amarga historia que te envolviera en llamas
    solo quedan rescoldos, pasiones inhumanas
    que han de borrar sus huellas del paisaje ambarino
    para que cuelgue en todas las casas paternales ,
    el sabor de la gracia con que se enciende un trino.

    Porque fuerzas triunfales se yerguen en la sombra:
    no es Ezequiel, no Gaspar o la pálida Grey,
    los que han de abrir los surcos olvidados,
    no los Caínes locos del pasado,
    que esconden la guadaña y pretenden blandirla todavía.
    Son los muchachos locos los que ven su futuro,
    los que encienden las lámparas del amor, del dolor,
    los que esconde el fuego de la masa olvidada,
    los que ven su miseria explotada y negada,
    los que saben que el mundo ha de salir del caos
    para entrar en el surco de la idea fecunda.

    Y así ¡Oh tierra amada!, acariciante y trémula
    y violada, has de surgir curada de tus viejas heridas,
    perdida entre la aurora y el ocaso,
    mano que tiene bálsamos y los prodiga en vida,
    sabana para el pobre que tiembla de fatiga,
    lumbre para el que vive poblado de lo oscuro,
    pan para el que en la sombra tiene hambre y no lo dice,
    leyes para los hombres que venden su fatiga
    y a la luz de las lámparas en la noche inhumana,
    el dolor los regala con un mechón de canas.

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